Mosca Loca
MOSCAHoy no pongo na' aquíLOCA

Buscarse la vida

Ramón y Manuel se fueron a la India y Nepal, de vacaciones. El viaje era programado y con guía, ahora para arriba, ahora para abajo, esto sí, esto no. Al tercer o cuarto día, en Katmandú, capital de Nepal, a eso de las once de la noche, Manuel le dijo a Ramón: ¿Por qué no nos damos una vuelta por nuestra cuenta? ¿No te da miedo? Un poco. Entonces vale.
Echaron a andar por esa tierra de pobreza, a la aventura, a ver lo que se encontraban, cuando notaron una pequeña presencia a su lado. Un nepalés, de unos ocho años, iba con ellos a una distancia prudencial, arrimándose poco a poco cada vez más a la pareja. Éste se nos ha colgado, Ramón.
Pero hicieron caso omiso y siguieron su turné por las calles de Katmandú, viendo lo que había, sin tener ni idea de qué se trataba, qué será esto, qué será lo otro, sin posibilidad aparente de remediar su ignorancia. La plaza de no-sé-qué, o, el parque de no-sé-cual, les iba diciendo el chaval. ¡Ah!, ¿pero hablas español? Sí, un poco. ¿Y eso? Porque aquí vienen muchos turistas.
A saber cuantos idiomas hablaba, el jodío’.
Ellos siguieron su voltio, acompañados por el crío que se iba animando, haciéndoles de guía. Mientras les enseñaba la ciudad, también les iba contando su vida, mi padre murió (por aquellos parajes el que importa es el padre, la madre no vale una mierda), tengo cuatro hermanos, son muy pequeños, éste es el paseo de no-sé-quién, no tenemos casi para comer, bla, bla, bla.
Les habló sobre la reina niña, de cómo los sacerdotes iban a por una niña, la elegida, y se la llevaban, con el consentimiento de los padres, a una especie de palacio, donde era educada para convertirse en una niña reina, una niñez que duraba toda la vida. Cosas de las religiones.
Para purificar el karma, introducían los cuerpos en el agua siete veces, para que el difunto se vaya limpio al otro mundo. Por eso, se incineraba a los muertos a la orilla del riachuelo. Los dos viajeros iban caminando por esa zona, oyendo una especie de crujido a sus pies. Eran los restos de las cremaciones, crek, crek, que iban destrozando conforme las pisaban. Crek. La gente que allí había se estaba cagando en sus muertos, obviamente porque ellos les iban pisando los suyos. El chaval, ejerciendo su influencia, dejadlos, son turistas, no saben nada, han venido conmigo, consiguió calmar la sangre de sus congéneres y pudieron continuar su camino sin problemas. Y mientras, ellos oyendo chascarrillos.
Ya no más, dijo Manuel. Todavía queda, le contestó su improvisado guía. Ellos sabían que estaban yendo demasiado lejos, eso son las piras funerarias, Ramón, allí no pintamos nada, nadie nos ha dado vela en ese entierro. Nunca mejor dicha la expresión, Manuel, más a cuento no podía venir. Todavía queda, todavía queda. Pero estos dos no tenían ganas de continuar su camino. Ya casi eran las dos de la mañana, habían visto lo que el resto de compañeros de viaje no iban a ver, y habían abusado de la compañía del chico durante más de dos horas.
Ya se iban, y el chico también, sin pedirle nada por el servicio prestado a esos extranjeros que acababa de conocer. Le damos propina, ¿no, Ramón? Habrá que dársela, digo yo. No, no quiero dinero. ¿Cómo que no? Toma anda, que te lo has ganado. No quiero dinero, quiero leche.
Cinco kilos de leche en polvo que se llevó para él y sus cuatro hermanos.



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