Mosca Loca
MOSCAY sus besosLOCA

Necesito sus abrazos

Me gusta observar a la gente, ver cómo reaccionan y cómo se mueven cada una de ellas ante hechos tan triviales como rutinarios, ante imprevistos sin importancia que podrían pasarle a cualquiera. De esa manera te das cuenta que hay gente pa’ to’ y aprendes sobre la condición humana hasta el punto de poder considerarte un psicólogo sin la necesidad de haber ido a la facultad. A veces, incluso, te sientes identificado con el prójimo y piensas que en el fondo somos todos iguales, cortados con el mismo patrón.
Se puede hacer desde cualquier sitio, caminando por la calle, en un banco de una plaza, en la terraza de un bar... Yo últimamente salgo al balcón de mi casa, que ahora con el calorcito apetece asomarse de vez en cuando. La mayoría de la gente camina con prisa, decidida, como si llegara tarde a algún sitio. Esto ocurre cuando van solos. Si van acompañados ya van más tranquilos, paseando, disfrutando de la compañía, sin nada que hacer, pasando el rato con gusto y ya llegarán, que hay tiempo. Esto si son amigos, si son pareja tienen aún menos prisa, cogidos de la mano, mirando escaparates, dándose algún beso de vez en cuando...
Ay, las parejas...
Ay, el amor...
Tener a mi niña lejos hace que sienta envidia. Tener que aguantar esas manifestaciones de amor en mis narices se me hace insoportable, pero como lo ves cada día unas quinientas veces acabas acostumbrándote, aunque siempre queda una pequeña espinita.
Pero para lo que vi el otro día no estaba preparado.
Estaba yo asomado a mi balcón como otras tantas veces, viendo pasar la vida, cuando pasó una pareja cogida por la cintura. Sin saber por qué (aún hoy lo pienso y sigo sin saberlo) esa pareja me recordó a mí. A mí y a mi perla. Paseaban con paso lento, pegados, sin soltarse en ningún momento. De repente, él se detiene. Ella todavía dio un paso más antes de darse cuenta de la interrupción. Mientras lo miraba (ella a él), él levantó el brazo (el suyo) que tenía en su cintura (la de ella) y se lo pasó por los hombros (de ella). Ella hundió su cara (la suya) en su pecho (de él), y juntó sus manos (las suyas) por detrás de su espalda (la de él). Un abrazo en toda regla, tierno, con sentimientos. Y un abrazo largo. No sé cuanto tiempo estuvieron así, cogidos, inmóviles excepto por un leve balanceo propiciado por no sé quién de los dos, hasta que finalmente reemprendieron su marcha hacia su incierto destino, de nuevo cogidos por la cintura, de nuevo despacio, como si ese paréntesis no hubiese existido, como si sólo los hubiese detenido yo en mi imaginación.
Si siempre la echo de menos, en ese momento sentí incluso estallar.



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