Mosca Loca
MOSCAIncluso se podía haber evitadoLOCA

Miedo a morir solo

No tenía miedo a la muerte. Sabía que ésta llegaría tarde o temprano, irremisiblemente. No se la podía vencer.
Tampoco tenía miedo a la soledad. Disfrutaba de la tranquilidad, del silencio. De hacer lo que le viniera en gana sabiendo que nadie le esperaba para cenar, sin tener que dar explicaciones o excusas. Comía cuando tenía hambre, no a una hora determinada. Dormía cuando tenía sueño, no cuando lo hacía todo el mundo. Se levantaba cuando quería. A veces echaba de menos a su mujer, pero se iba acostumbrando. La vejez tenía algunas cosas buenas.
No, no tenía miedo a ninguna de estas dos cosas. No, al menos, por separado. Juntas ya era distinto. Morir en soledad era algo que ya empezaba a intuir con inquietud. Y eso derivaba a otras cosas.
Estaba ya muy mayor. Cualquier traspiés, cualquier tontería y acabaría con sus huesos en el suelo. Y nadie vendría a ayudarle, nadie se enteraría. La cadera rota y él ahí, sin nadie a quien avisar, sin nadie que lo socorra.
Porque morir de una enfermedad estaba bien. Si no se podía curar qué se le iba a hacer. Morir de viejo también. Pero morir de una tontería sólo por el hecho de no tener a alguien para evitarlo era muy triste.
Empezaba a sentir miedo. Cada vez procuraba estar más atento, mirar mejor dónde pisaba. Empezaba a echar de menos que sus hijos no fueran a visitarlo más a menudo. Si lo hacían igual me encontraban a tiempo, antes de que fuera demasiado tarde.
Pero no. Venían muy de vez en cuando y él empezaba a rezar porque lo que le tuviera que pasar le pasara cuando ellos estuvieran allí. O al menos que sea algo de lo que no se pudiera hacer nada por mucha prisa que te dieras. Algo rápido. Algo sin dolor.
Se estaba volviendo loco.
Se estaba volviendo aprehensivo.
Se estaba volviendo cobarde.
Pero tenía perdón. Había vivido muchos años y la muerte le acechaba a la vuelta de la esquina. Ya era hora de dejar a su cordura descansar. Tantos años con la mente en su sitio bien se merecía un poco de locura.
Su corazón ya no es el que era y empezaba a no poder hacer frente a la presión emocional que estaba viviendo estos últimos días. Entonces empezó a sentir un dolor en el brazo.
Cuando cayó al suelo la habitación ya estaba a oscuras. ¿Cuánto tiempo tardarían los vecinos en advertir el olor? ¿Cuánto tiempo yaceré aquí sin que nadie me eche de menos? ¿Cuánto tardarán en darme sepultura?
Resultó ser un infarto de segunda división, nada insalvable de haber podido ir al hospital.
El problema es que allí no había nadie para hacerse cargo.



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