Mosca Loca
MOSCANo hay más que unaLOCA

El subconsciente no engaña

Eran las tres. El examen empezaba a las tres y media.
-Vas a llegar tarde, Lucia -siempre hablaba consigo misma en tercera persona-, no te va a dar tiempo.
Últimamente no había discutido mucho con su madre. No había tiempo. En periodo de exámenes se encerraba en su habitación y sólo salía para comer o ir al baño. Con su madre sólo se cruzaba a la hora de la comida. Era poco tiempo, pero más que suficiente para volver a manifestar sus diferencias. A veces pensaba que no la quería. Otras que era una relación en la que alternaban amor y odio. Simplemente prefería no verla. Nunca la echaba de menos.
Se dirigía a paso ligero hacia la parada del autobús. Éste pasaba cada cuarto de hora y tardaba otro cuarto de hora en llegar a la universidad. Tiempo suficiente si no había que esperarlo, si llegaban ambos al mismo tiempo. De no ser así esperaba que los profesores se retrasaran también un poquito porque sino no la dejarían entrar y no habría servido de nada el tiempo que ha pasado estudiando sin salir, sin estar con su novio.
Porque Lucía tenía novio. Y lo quería mucho. Lo quería más que a nadie. Más que a su familia. Al principio se sentía culpable por esto. La familia es lo primero. El resto de la gente va después. Desde pequeña le habían metido esa idea en la cabeza y ella creía que tenía que querer a sus familiares por encima de todo. Cuando descubrió que no era así se sintió mucho mejor. La familia te la encuentras hecha y no puedes cambiarla. Tú no los eliges, te los coloca el destino. Algunos te caen mal y si no fueran familia no los volverías a ver en la vida. Con otros no tienes apenas roce. ¿Cómo vas a querer a quien no conoces? Tus amigos y tu pareja los eliges tú, os elegís mutuamente. Son gente a la que quieres de verdad, que te ha llegado al alma. Puedes cambiarlos si os peleáis, pueden dejar de ser amigos o pareja. Pero la familia no. Pase lo que pase la familia sigue siendo familia. Y tener que seguir viendo por fuerza a quien no quieres ver es muy duro. Por eso ahora no se sentía tan culpable por querer a su novio más que a nadie en el mundo.
Al volver la esquina vio que el autobús estaba en la parada. Aún había gente subiendo. Una carrerita y llegaría antes de que se fuera. Echó a correr. Aún no había llegado al paso de peatones pero decidió que cuanto antes cruzara mejor.

-¿Por qué corres tanto? ¿Tienes prisa? -le dijo una mujer a su marido, consciente de que éste iba muy por encima del límite de velocidad.
-Es mi manera de conducir. No sé ir más despacio -le contestó éste, desviando brevemente la atención de la carretera.
-Pues podrías aprender. Que el coche tenga nosecuantosmil caballos no quiere decir que tengas que utilizarlos todos.
Y en eso que comenzó una discusión, tú no sé qué, pues tú no sé cuántos, en la que ambos se desentendieron del coche para mirarse a la cara y rociarse mutuamente de saliva. El vehículo seguía dentro del carril, pero a la misma velocidad. De repente, un grito hizo que el conductor volviese a mirar al frente y dio un frenazo.

-¡¡¡CUIDADO!!! -gritó alguien.
Lucía se paró en seco en mitad de la carretera para ver qué sucedía. Si nadie hubiese dicho nada tal vez hubiese pasado de largo. Muy cerca, pero sin tocarla. El hecho de que se detuviera fue fatal. No había visto el coche que se precipitaba contra ella a gran velocidad.
Las ruedas chirriaron contra el pavimento y a continuación se oyó un golpe seco, pum, y la chica salió despedida. El tiempo se detuvo. Los testigos presenciaron la escena a cámara lenta. La chica describió una parábola, de equis cuadrado negativa, en el aire y, cuando iba por la mitad del trayecto, más o menos en el máximo de la susodicha parábola, comenzó a chillar. No paró hasta que su cuerpo golpeó el asfalto.
La gente comenzaba a acercarse al cuerpo. El conductor se quedó agarrado al volante, inmóvil. Los apuntes que la chica llevaba en los brazos salieron disparados en otra dirección, esturreándose por la calzada. Alguien decidió recogerlos. La multitud se agolpaba alrededor de la chica, aún viva. Alguien llamó a la ambulancia desde su teléfono móvil, con cámara de fotos incorporada. La chica parecía decir algo.
-Mamá... ¿Dónde está mi mamá...?
Tenía los ojos cerrados y el ceño fruncido en señal de sufrimiento.
-Mamá...
Ni su novio ni nadie. Su madre. Se peleaban continuamente, pero era su madre. A su novio lo quería mucho, pero ella preguntaba por su madre. En los momentos duros, cuando de verdad necesitas a alguien, en los momentos importantes de verdad, ahí estará tu madre. No importa que os hayáis enfadado minutos antes, que no os habléis. Todo eso se olvida. Todo eso deja de tener importancia.
Imagina que sobrevives a la hostia, que vuelves a salir del hospital. Pero resulta que no lo haces por tu propio pie, que vas en silla de ruedas. Y que esa silla de ruedas es para siempre, que nunca más volverás a andar. ¿Que haría tu pareja? ¿Seguiría contigo? Puede darse el caso, pero lo más seguro es que no. Pero tu madre siempre estará a tu lado.



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