Mosca Loca
MOSCAEn el más absoluto silencioLOCA

El arte de la naturaleza

Mirar...
... las nubes. Ver dos ó tres algodones blancos desplazarse por el cielo azul, vacío, sin prisa ni destino, formando a veces formas vagamente conocidas. Un pez, una cara, un martillo... Moverse acompañando al viento en su solitario viaje por el cielo. Verlas desplazarse muy bajas, haciendo sombras en los campos recién sembrados, en la ladera de la montaña, tan bajas que no puedes ver el pico pareciéndote una pirámide truncada. Tan bajas que desearías estar allí en el punto más alto de la susodicha montaña para alzar la mano y poder tocarla. Poder sentirla.
... una hoguera. Desde cerca. Notar el calor en la cara. Escuchar el leve crepitar de la materia quemándose. Las llamas ondeando hacia cualquier lado, al azar. Mirar hacia arriba y ver las cenizas volar. Salir despedidas, titubear un momento en las alturas como si estuviesen eligiendo donde caer y dirigirse hacia el suelo con decisión pero sin prisa, tomándose su tiempo. Ver el reflejo del fuego en los ojos de la gente, en caso de no estar solo, que mira hipnotizada el movimiento de las llamas.
... una montaña nevada. Levantar la vista hacia el horizonte desde el pueblo o la ciudad en seco y ver el enorme manto blanco que cubre la montaña. Como si una enorme sábana intentara esconderla pero no fuese lo suficientemente grande para taparla entera. Sólo tapa la cima. Ves todo de color gris. Los pueblos vecinos, los bosques de alrededor, carreteras y caminos, incluso la falda de la montaña pero, de repente, en lo mas alto, el blanco más inmaculado. Y lo observas respirando y soltando ese aliento visible, ese humillo que sale de tu boca o nariz cada vez que expulsas el aire, hasta que desvías la mirada, te frotas las manos y decides entrar de nuevo en casa, al calor del brasero.
... las dunas del desierto. Las huellas borradas por el viento y por el tiempo. Ver las extrañas sombras provocadas por el sol del atardecer. Silencio absoluto. El viento descansa. La arena reposa y las formas se mantienen. Esos minúsculos granos aguantando el equilibrio majestuosamente, imitando las olas del mar en el caso que éstas fuesen capaces de mantenerse inmóviles, como una foto en tres dimensiones.
... el mar en calma. Ni una ola. Ni el más leve balanceo en el barco. Te encuentras tan lejos de tierra que no ves más que agua mires donde mires. En cualquier dirección. Giras sobre ti mismo y sólo ves el mar. No ves el continente. A lo lejos, el azul del cielo y el del agua se funden en uno solo. Nada perturba tu silencio, tu calma, excepto alguna gaviota de vez en cuando. Y el sol se refleja creando una gran línea amarilla sobre las aguas, como una enorme alfombra que quiere guiarte en tu camino, llevarte a la eternidad.
... las estrellas. Acostarte sobre la arena y dejarte engullir por la oscuridad. Arriba infinidad de puntos brillantes, algunos tan cerca de otros que parecen formar figuras. Todo quietud. Todo inmovilidad. Y de repente, una estrella fugaz. Algunas las ves de refilón, ves algo moverse por el rabillo del ojo, pero otras te las tragas de lleno. La suerte ha querido hacer que la vieses en primera plana, justo donde estabas mirando en ese momento.
... caer la nieve. Mirar por la ventana y ver cantidad de bolitas blancas caer al suelo y cubrirlo. Ponerte tu abrigo, tus guantes, tu gorro y tu bufanda y salir a la calle. Mirar al suelo, justo donde acabas de pisar, para ver tus propias huellas. Extender la mano a la espera que las bolitas caigan en ella. Ponerte las gafas y mirar hacia el cielo para verlas caer. Mirar a los niños jugar y verlos cubrirse de blanco poco a poco de la que está cayendo. Y mirarte en un escaparate para ver si tú también te estás cubriendo de nieve. Comprobar con satisfacción que así es.
... la lluvia. Desde dentro de casa, al calorcito, ver a través de la ventana del salón ese manto de agua, esa cascada en la puerta de tu casa, escuchando el chap chap en el suelo, el tap tap en el tejado. Y tú dentro, al resguardo, sentándote en el sofá a ver la tele tapándote con una manta. Y mientras, en la calle, los coches mojándose, el suelo empapándose, las plantas regándose...
... la cara de la persona a la que amas. Esos ojos entornados cuando sonríe, mirándote. Ese ceño fruncido cuando se concentra, pendiente de lo que está haciendo y aislándose de todo lo que le rodea. Esa carita de lástima que pone a veces. Esa carita de sueño que tiene cuando no duerme lo suficiente. Esos gestos y muecas tan características en ella, que tú tan bien conoces y que no puedes dejar de observar. Y de admirar.
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