Mosca Loca
MOSCAEs una obsesión peligrosa, tanto para la cabeza como para el bolsilloLOCA

Los locos del móvil

A mí me da vergüenza. No puedo evitarlo.
Llevo siempre el teléfono sin sonido porque me da vergüenza la escandalera que arma. Tampoco suelo hablar por teléfono en público a menos que no tenga mas remedio porque no me gusta que la gente me vea hablar solo.
A mí me hace gracia cuando vas tan tranquilo en el autobús, o andando, o estás en una terraza o en un bar, y de repente suena a tu lado un estridente pitido, tirirí tirirí tiroriro, en el que vagamente vas identificando la canción, que resulta ser la de vacaciones en el mar.
Como la persona en cuestión tarda en coger el teléfono te da tiempo a memorizarla y a repetirla mentalmente, sin poder evitarlo, cuando ya ha parado.
Entonces empieza la perorata. Empieza a hablar dando gritos y a hacer gestos como un energúmeno (o energúmena), como si no fuera consciente de que la gente le mira y que está haciendo el ridículo. Por no decir que todo el mundo se está enterando que a tu mujer se le ha olvidado comprar el antihemorroidal y que tienes que ir tu a buscarlo.
Cuando a mí me pasa una situación de esas, es decir, cuando me llaman (porque yo nunca llamo hasta que no estoy a solas) me aparto lo más que puedo, hablo tan flojo que casi ni se me entiende y sólo digo sí, vale, ah y poco más, a ver si se acaba el mal trago y cuelga de una vez.
Pero a la gente le da igual, y se pone a decirle a todo el mundo que Maripi ya tiene la regla.
A mí, por darme vergüenza, me da hasta sacarlo del bolsillo. No soporto que me vean con él al ver los mensajes o algo, procuro esperarme o apartarme un poco a donde no me mire nadie.
Y es que veo a la gente enganchada al cacharro y veo que están enfermos. Van con él a cualquier sitio. Parece como si formara parte de su propio cuerpo y se lo meten hasta en la ducha. Con lo bien que se está ilocalizable.
O si no cuando se ponen a mirar ofertas de teléfonos nuevos y a ver cuantos puntos tienes para ver si se los dejan más baratos. Que cambian de móvil más a menudo que de ropa interior y nadie les pone freno.
Que algunos padres les compran móviles a sus hijos antes incluso de que aprendan a hablar. Para tenerlos controlados, dicen. Claro, es que además de ser un sacaperras, el móvil es un potentísimo detector de mentiras. Y lo mismo hasta tiene cámara oculta y todo y sólo lo saben los padres.
¿Qué pasará cuando se demuestre que dañan el cerebro? Si puede hacer que la tele y la radio se vuelvan locas, tuu tutuuu tutuuu tututuuuuuuuuuuu, ¿qué no le hará a una cabeza humana?
Y luego está la adicción a los mensajes cortos. No ya a los que les mandas a tus amistades y demás, no, sino esos que mandas a un número de teléfono con solo cuatro cifras y que cuestan seis veces más. Suelen utilizarse para sorteos.
El otro día oí por la radio algo sobre uno de estos sorteos. El ganador se llevaba cuarenta litros de combustible. Gasolina, para que nos entendamos. Hasta ahí bien. Mandas un mensaje, te cuesta 0,9 euros, y te llevas cuarenta litros, pues perfecto. Pero claro, en un sorteo, cuantos más envíes más posibilidades tienes de ganar. La gasolina mas cara creo que esta a 0,93, por lo que los cuarenta litros serían unos 37,2. El ganador mandó más de cien mensajes. Si suponemos cien, eso hace un total de noventa euros a los que hay que sumarle los impuestos indirectos. Bastante cara está la gasolina como para pagarla encima a más del doble. Pero es que el inútil no tenía coche. Se lo regalaré a mi hermano, decía. Pues te compras una garrafa de cincuenta litros, tu hermano se queda más contento porque son diez litros más y tu te ahorras casi la mitad y que piense que eres tonto. Aunque si es tu hermano ya lo sabrá. Pero ahora lo sabe media España. ¿Y si no te llega a tocar? Si vas a la gasolinera te llevas los litros seguro, sin sorteos. No quisiera saber los que mandaron los que no se llevaron nada. Me dan escalofríos nada más pensarlo.
Y luego pasan junto a un mendigo que pide para comer y son incapaces de rascarse el bolsillo. Hay que ser cutre.



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