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El sexo de la Mantis Religiosa

La Mantis Religiosa, también conocida como Santateresa, es un insecto depredador que recibe su nombre por la postura de plegaria que toma cuando se dispone a atacar. Pero no hemos venido a hablar de eso, hemos venido a hablar de sexo.
En nosotros los humanos, es el macho está más predispuesto a la poligamia mientras que la hembra tiende a la monogamia. Hay de todo, como en botica, pero la cosa es más o menos así. En el caso de la Mantis Religiosa es al revés, pero no por cuestiones de educación, cultura e historia como nosotros, sino porque no hay más cojones, debido a lo que pasa cuando estos bichejos están practicando tan maravilloso regalo de la naturaleza.
La hembra, por lo general, es algo más grande que el macho, y cuando están al tema, dale que te pego, para dentro, para fuera, la hembra le demuestra su cariño dándose la vuelta y arrancándole la cabeza a su novio. Acto seguido se lo come.
Supongo que de aquí viene la expresión hay amores que matan.
Lo único claro es que es el único ser de la naturaleza que puede presumir de que su primer polvo, aún falto de experiencia y demás, ha estado de muerte.
Por eso he dicho lo de la poligamia y la monogamia. El macho sólo lo hace con una a lo largo de la vida, y le hembra, obviamente, no va a guardarle luto. Y más que seguro que acaba de conocerlo, en la fiesta de la chicharra, que tanto canta en estas fechas, porque eso de no hacerlo hasta el matrimonio ya no se lleva. Rehará su vida con otro cuando tenga hambre.
También es el único ser de la naturaleza que hace realidad un deseo que tienen muchos hombres entre nosotros, que es morir follando.
Y su madre es la única que acierta siempre, literalmente, cuando le dice mientras busca las llaves del coche o cualquier otra cosa que no encuentra por ser un despistado, que algún día perderá la cabeza.
El otro día tuve que matar una. Tienen muy mala leche y pican, así que no lo pensé dos veces, si quieren échenme encima a los de la protectora de animales, me da igual. El caso es que lo hice, y como no llegaba bien al sitio, la maté a latigazos. Tengo muy mala puntería y me costó un rato acertar, pero finalmente conseguí darle. Le arranqué la cabeza.
El bicharraco movía las patas a toda hostia como diciendo me falta algo, dónde habré puesto yo la cabeza, buscándola.
Después del asesinato me dio lástima, porque el desgraciado había muerto virgen.



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