Mosca Loca
MOSCALos militares no tienen esa preocupación. Y los políticos tampoco.LOCA

Experiencias que no querrías haber vivido

Todavía recuerda lo ocurrido. Ya no tiene pesadillas como en las semanas que siguieron al accidente, pero el suceso no se lo borraría de la memoria nunca. Y siempre seguiría afectándole.
No fue culpa suya. Iba por la autovía. Límite máximo de velocidad, 120 kilómetros hora. Le gustaba la velocidad, pero con la mierda de coche que tenía no podía ir muy rápido. 140 y ya iba que se mataba. Y en los controles de la policía siempre te sacaban 20 kilómetros menos, así que iba dentro de lo legal. Cada dos por tres pasaban por el carril de la izquierda ataúdes de dieciséis válvulas y siete mil millones de centímetros cúbicos, doce cilindros en uve, siiuuuuuuu, a toda hostia, tanto que se le arremolinaba el pelo, aún yendo con los cristales subidos. Para que veas.
No había bebido, ni tenía sueño, ni venía de juerga ni nada de nada. No se parecía en lo más mínimo a la película sé lo que hiciste el último verano. Salía de trabajar y volvía a casa, con la parienta, porque ocho horas que duraba su jornada intensiva era mucho tiempo sin verla.
Aún no había anochecido. Se veía perfectamente, así que no supo, y sigue sin saberlo, de dónde coño apareció ese tío, andando, en mitad de la autovía. Qué cojones hacía allí. Cuando quiso darse cuenta ya estaba muy encima y no podía ni frenar, ni esquivarlo. Y un volantazo ahí hubiese sido la peor idea.
Total, que se lo llevó para adelante.
El acto reflejo fue frenar, y lo hizo pisando el pedal hasta el fondo. Como no tenía frenos abeese, las ruedas se bloquearon y el coche derrapó, lo que hizo que necesitara mayor distancia para detenerse. Nunca podrá olvidar ese olor del neumático quemado. A la velocidad que iba era imposible no darle, de modo que lo estampó contra el morro del coche, subiendo por él, estrellándose contra la luna, que hizo añicos. Cuando consiguió detenerse por completo, el cuerpo salió despedido hacia delante, rebozándose en el asfalto y deteniéndose a unos cuantos metros.
Se quedó dentro del coche con las manos en el volante, más que inmóvil, paralizado, mientras iba llegando gente que se iba haciendo cargo de la situación.
Había matado a un hombre.
La cosa estaba clara. Él no había hecho nada, él no tenía la culpa, un hombre andando por al autovía no pintaba nada.
Pero había matado a un hombre.
Investigación policial y nada sacado en claro. No había nota de suicidio, no iba borracho, no se le había roto el coche, no era empleado de mantenimiento de las carreteras sin el cursillo de prevención de riesgos laborales, no tenía enfermedad mental. Nada.
¿Qué se le había pasado a ese tío por la cabeza para ponerse en la trayectoria de un coche a 140 kilómetros por hora?
El conductor del vehículo necesitó ayuda psicológica. Una vida humana había desaparecido antes de tiempo y él había sido el artífice. No podía soportar las lágrimas y los gritos de la familia del muerto, ni que lo llamaran asesino. No era responsable, pero ellos necesitaban buscar uno y era el más adecuado. El único adecuado. El elegido.
Pero él sí se sentía culpable.
Tal vez podía haberlo evitado. Si hubiese reaccionado a tiempo, si hubiese pensado antes de actuar, si hubiese ido más despacio. Sólo tenías unas milésimas de segundo, le decía su mujer, no podías hacer nada. No tienes la culpa.
Pero había matado a un hombre, y era un peso con el que tendría que cargar toda la vida.



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